En el tiempo que va desde que me despierto hasta que tomo conciencia del nuevo día, hay un momento en que me planteo si lo que recuerdo se corresponde con la realidad o fue tan solo un sueño.
Discusiones justo antes de dormir, mensajes en mitad de la noche, anécdotas de una salida nocturna... más a menudo de lo que me gustaría, me levanto y pienso ¿lo soñé?.
Sin abrir los ojos, pienso en el contexto. Le busco la lógica a la situación, tratando de establecer si pudo ocurrir. Sin atreverme a mirar el móvil, a ver si estoy solo en la cama o si la pantalla del móvil, efectivamente, está rota.
Al final, sin embargo, hay que abrir los ojos y vivir con lo que ha pasado (o no).
Ricardo Darín. Le conocí como el hijo de la novia y me encantó (menos que Natalia Verbeke, claro), me estafó en Nueve reinas y me terminó de convencer mientras resistía en Kamchatka.
Luego pasé bastante tiempo sin ver una película suya. El mismo amor la misma lluvia y El secreto de las hadas fueron las excepciones en ocho años de ausencia.
Y ahora ha vuelto. El secreto de sus ojos hace unos meses y, hoy, El baile de la Victoria. Vuelve como ladrón, con un joven dándole la réplica. Con dos historias que se van entrelazando. Dos historias geniales.
Por un lado, Darín llena la pantalla (como siempre), y luego están la Victoria y Ángel Santiago, en una de esas historias BONITAS con mayúsculas.
Escribo mientras la película no ha terminado. 1:36:18. Victoria vuelve a aparecer bailando y, por un momento, ha conseguido que me olvide del argumento, de las escenas, actores y, sobre todo, de que esto se tiene que acabar.
No sé cómo hará Fernando Trueba para cerrar esto. Pero tampoco importa. Como dice una de las canciones de Jorge Drexler, es uno de esos casos en los que se ama la trama más que el desenlace.
Aún recuerdo el momento en que descubrí a Jorge Drexler. Estaba esperando que empezara Friends en el plus, buceando entre canales y, al pasar por los 40 latino, apareció un euro girando.
Tengo que confesar que no le tengo mucha fe a la música que suelen poner, así que no acostumbro a dejarlo mucho tiempo. Sin embargo, me picó la curiosidad y esperé a ver de quién era el vídeo. ¿Jorge Drexler, todo se transforma?, pensé. Veamos qué tal.
Automáticamente, se convirtió en una de mis canciones favoritas.
Estos días, el genial cantautor uruguayo ha sacado nuevo disco, Amar la trama. Lo llevo escuchando un par de días y me encanta. Me gustaron especialmente "Tres mil millones de latidos", "La trama y el desenlace" y "Toque de queda" (esta última a dúo con su actual pareja, Leonor Watling).
Son tres canciones realmente buenas, de un disco totalmente recomendable.
Y aquí viene el verdadero origen de este post. "La trama y el desenlace" tiene un significado para mí. Pero, pensando en ello, no tengo claro si el autor quería decir lo que yo interpreté... y aquí viene la verdadera pregunta: ¿eso realmente importa?
¿Qué tiene más importancia, lo que queremos decir o lo que significa para los demás? Para mí, obviamente, lo importante es lo que me transmite, independientemente de cuál fuera la intención.
En fin, que aquí dejo el primer single del disco. Espero que les guste y, de paso, aprovecho para agradecer que el señor Jorge Drexler dejara de cuidar únicamente de los oídos de sus pacientes.
Mientras intento encontrar nuevas formas de combatir la alergia (tomarse las pastillas ha demostrado ser un buen método), escucho Love of lesbian y trato de dormir.
Sin embargo, por detrás de las notas del genial grupo catalán, se deja oír también el tic-tac constante del reloj. La cosa es que hace poco que he recuperado la costumbre de llevar reloj y no recordaba este tipo de cosas. El del móvil no hace ruido, pienso.
Es entonces cuando me doy cuenta de que en realidad no me molesta. Y eso me lleva a pensar en el apagón analógico. Pero no únicamente al reciente adiós a la televisión analógica que hemos sufrido en España (Bienvenido Mr. TDT). Miro a mi alrededor y ya no quedan trastosanalógicos.
Walkman de cinta, vídeo VHS (no hablemos del beta), telefonía fija, televisión, hasta las bombillas empiezan a ser sustituidas por lámparas LED...
¡Y no es que esté mal! Bien contento que estoy con el iPod, el .avi, el teléfono móvil, Digital+ y el ahorro del LED me cuentan entre sus fans. Pero no puedo evitar pensar en lo que perdemos.
Dentro de poco diremos adiós a los paisajes de antenas de las ciudades (¿dónde se posarán ahora las palomas en los atardeceres?) y ya no tendremos que sintonizar la tele manualmente, memorizando los canales uno por uno. ¿Qué haremos con la cinta adhesiva que no peguemos en nuestras cintas VHS, la usaremos únicamente para envolver los regalos?
Las ventajas digitales son evidentes. Pero con el adiós analógico perdemos el encanto. En parte porque lo analógico es más sensible al paso del tiempo, y eso le da un sabor especial.
No todo está perdido, sin embargo. La polaroid, muerta y enterrada, ha resucitado y volverá a comercializarse (y con ella los carretes).
Y aquí, para terminar, la canción que escuchaba. Aunque no viene con el tic-tac, confío en la imaginación de cada uno...
Cualquiera que me conozca un poco sabe que soy un ave nocturna (casi como un búho pero con gafas de pasta). Me parece que todo adquiere un nuevo significado cuando la haces por la noche, cuando lo ves a oscuras. No es lo mismo, por ejemplo, dar un paseo de día que hacerlo de noche.
Pero las últimas veces que he conducido de noche por la ciudad, me he fijado en los gatos. No es que haya visto más de lo normal, sino que me he parado a observarlos.
Nunca he sentido un cariño especial por estos felinos (incluso les tengo alergia), pero de un tiempo a esta parte algo ha cambiado. Ese algo, por supuesto, es Haruki Muarkami. Desde que abrí el primero de sus libros, descubrí que no podría volver a mirar a los gatos igual que antes. De hecho, cada vez que veo uno suelo susurrar "Maldito Murakami", con todo el cariño del mundo.
Volviendo al tema, últimamente me he fijado en las miradas de los gatos que veo por la noche. Lo he hecho y he descubierto que yo soy el intruso. Yo soy el que está fuera de lugar en la escena.
Lo cierto es que el día nos pertenece. Con nuestras prisas, vamos pisoteamos las aceras arriba y abajo, seguros de nuestro dominio. Sin embargo, cuando cae el sol, las calles se vacían y son ellos los que, en silencio, vagan de sombra en sombra.
Y, con una sensación extraña en el cuerpo, pienso en Murakami. El semáforo se pone en verde y yo me apresuro en meter primera y seguir conduciendo en busca de un lugar al que sí pertenezca.
Así que no sé si todos los gatos serán pardos, más bien parece que sean insomnes...
Ayer, pensando en la oscuridad, sin la luz de la pantalla del portátil distrayendo, me acordé de un relato de Borges que creo recordar que leí en el libro de El Aleph. Pero no era el que daba título a la recopilación.
Se trata de un relato en el que se buscaba a un hombre por la huella que dejaba en los demás. Así el protagonista iba buscando esas huellas. Creo recordar que eran frases o actitudes que indicaban que una determinada persona había estado en contacto con el hombre al que seguía.
Con eso en mente me desperté y pude ver, por fin, "De ratones y hombres". No sé cuánto se habrá perdido de las páginas a la pantalla, pero aún así la película me hizo pensar en algunas cosas. Sobre todo cómo Lennie, interpretado por John Malkovich, no puede evitar hacer daño.
Y es que es algo sobre lo que ya he reflexionado antes. La peor acción es la que no puedes evitar, como la fábula del escorpión y la rana. El escorpión, o Lennie, se dirige hacia su propio final a través de actos que no puede evitar. Un drama sin historias de amor ni paños calientes que me dejará muy mal cuerpo un par de días.
En cualquier caso, al leer mis palabras, alguien está escuchando el eco de estas historias, iniciando de nuevo el círculo...
Se trata de un libro escrito en 1937 por John Steinbeck. También se adaptó al cine en 1992 y protagonizada por John Malkovich.
Se trata de una obra de relativa importancia que ha servido de referencia para distintas metáforas en series y películas contemporáneas. Es por eso que, a pesar de no haber leído el libro ni visto la película, tengo la impresión de conocer la historia, de saber lo que cuenta y de poder referenciarla. Yo, que no la conozco realmente.
Y ahí, claro, es donde surge la idea. Lo mismo que me ocurre con "De ratones y hombres", me pasa con otras muchas cosas. Libros como Lolita de Nabokov o El proceso de Kafka, películas o incluso países y culturas. Cuántas cosas de las que he oído hablar tanto que me parece conocerlas. Sin embargo, no lo hago. No los he leído, visto ni oído. Mi experiencia se reduce a un eco.
Me recuerda a esas veces que unos amigos te cuentan anécdotas sobre alguien que no conoces. Lo nombran, te cuentan cómo es, qué ha hecho y qué hace. Puedes llegar a conocer muy bien a alguien a quien nunca has visto y con el que nunca has hablado. Sin embargo, como dije antes, sólo conoces su eco.
Tengo pensado ver la película de John Malkovich en breve, y entonces descubriré qué ocurre cuando experimente el original por mí mismo. Me pregunto si la expectación es la antesala de la decepción.
¿Qué ocurre cuando, por fin, conoces al protagonista de las anécdotas?